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MÉXICO: Pero....
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miperroyyo.jpg 10 de septiembre de 2007

Guillermo Mañón / El Sol de Cuernavaca

Jojutla, Morelos.- Ha salido un sol pálido a medio calentar las humedades donde empieza la vida, y mi perro, un chamaco juguetón, trae el hocico lleno de gotas de rocío y una alegría en la mirada, que me contagia de su optimismo; y luego ¡hay quienes dicen, que viven como perros!, ya quisieran la alegría que mi perro siente esta mañana, tanta, que en su cara de perro veo algo parecido a la sonrisa humana o, se me ocurre pensar, que a veces, soy yo el que trae una sonrisa de perro agradecido con la vida.

 

Dios quiera, que mi perro y yo podamos, muchas veces, compartir nuestras sonrisas y nuestras alegrías; he acariciado a mi perro y el me lo permite, con un gesto de camaradería, de confiada condescendencia y yo agradezco a Dios, y a mi perro, por sentir lo que siento en este compartimiento entre dos animales; uno, mi perro, menos pretencioso, menos exigente con su creador, más satisfecho con la vida, más dispuesto a disfrutarla en este momento, sin preocuparse por el rato de enseguida o por el año próximo.

Y yo agradezco tener esta oportunidad y la compañía de mi perro, para pensar en estas cosas, en la vida que a mi perro y a mí, nos hace iguales, descubriendo juntos, una vez más, la gratitud a nuestro creador.

El es mi perro y yo soy su dueño, hay una pertenencia recíproca, una hermandad -no me avergüenza reconocerlo-, que empezó hace muchas generaciones de perros y de humanos; los ancestros de mi perro vieron, en una mañana como esta, a mis propios ancestros, dibujar sus miedos y sus sueños en las paredes de la caverna que los protegía de todo los que les amenazaba en el exterior, en ese mundo en el que como ahora, Dios incubaba otras criaturas en las humedades de la tierra.

Mi perro y yo vemos la placidez con que se mecen las hojas nuevas de los árboles, adornadas con iridiscentes gotas de lluvia que se quedaron ahí, a jugar con la luz, para iluminar los ojos de mi perro, y los míos.

¿Por qué mis ojos no pueden, tantas veces, mirar la vida como ahora, porqué se cierra mi corazón a la alegría del mundo que crece como la yerba en la humedad de esta mañana?

Resbalan en las hojas las gotas suspendidas, y caen hacia la tierra cumpliendo su destino, pequeño como ellas, casi insignificante; y sin embargo, cada una es un regalo de El gran desconocido, sin el cual -millones de regalos- no existiríamos.

Siento en mi respiración la humedad y los aromas del aire, y veo nuevamente la danza de las ramas pequeñas, como diciendo ¡gracias!, y yo, que tantas veces he pretendido tomarlo todo, como si me perteneciera, siento la miseria de mi falta de humildad, para poder decir, como las ramas, como las hojas, ¡gracias!

Mi perro se ha ido a esconder, a jugar por ahí, con su propia alegría, quiero llamarlo para que me contagie la fuerza de esas correrías con las que estrena el espacio de su vida, todavía sin otra pena ni trabajo que la de darnos la bienvenida para pedirnos un pedazo de pan.

¡Si yo me conformara con eso, con darle la bienvenida a cada día a cambio de un pedazo de pan! sería feliz, y compartiría esa felicidad con mi amo, como hace mi perro conmigo.

Muchas veces he leído y he dicho que la vida es un milagro, Pero... lo milagroso es que yo me dé cuenta, y hoy lo he visto, me lo enseñó mi perro, Pero... lo milagroso, insisto, es que yo haya entendido, y es que he sido tan duro de cabeza, y de corazón, que me he negado a aceptar esas lecciones; le he exigido a Dios la gracia de su sabiduría, como el mal hijo exige a su padre la herencia para malgastarla, a gritos, con soberbia; y hoy mi perro, sin toga de maestro, ni túnica de sacerdote, me ha enseñado que Dios, está con el y conmigo, que siempre ha estado ahí. Dejé de escribir, salí al patio y lo llamé, juntos dimos las gracias y le di un pedazo de pan. Si en el resto de este día no ocurriera otra cosa mejor, no importa, estoy en paz con la vida, Dios se ha manifestado, hoy he sido feliz.

Las cortezas y las piedras oscurecidas por la humedad contrastan con todos los verdes de la hierba, los arbustos y los altos árboles que siguen quietos, que se mecen apenas con el viento leve de esta mañana gris en que el sol se ha ocultado otra vez, mi perro se ha ido a soñar en su rincón y yo en el mío, gratificados por nuestros regalos.

Han germinado todas las semillas, la vida crece en abundante espera, las montañas cierran el horizonte copadas de nubes blancas matizadas de grises y negros, sobre la tierra toda verde, a la que el sol se asoma como jugando; desde el camino por el que entro y salgo de mi casa veo la diversidad de los follajes que contrastan con los trazos caprichosos y oscuros de las ramas; me acerco a observar las flores entre carmín y azul, de una mata de dalia, la delicada perfección de la arquitectura de las ocho espinas blancas que coronan cada lóbulo turgente de una biznaga verde, coronada con una flor que tiene en el centro estilos y estigmas blancos, -simulando una de sus espinas-rodeados de filamentos encarnados con anteras oscuras, un pequeño ovario sin sépalos y pétalos de matices opalescentes, delicados como alas de falena; en el jardín que plantó y cuida mi compañera.

Pero... ¿Qué sería todo eso, sin la alegría que hoy compartimos mi perro y yo?

 

Fuente: www.oem.com.mx

 

   
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