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10.08.08
LEOPOLDO TOLIVAR ALAS CATEDRÁTICO DE DERECHO ADMINISTRATIVO DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO
Foto: GASPAR MEANA
ABANDONOS No creo que esté probado que aceptar que se arroje al asfalto ardiente de una autovía al perro o gato comprado en Reyes, conduzca, con el tiempo, a tolerar genocidios o barbaries similares. Pero este tipo de sujetos, incapaces de prever que un animal requiere de constantes atenciones, no infunde respeto alguno
E SPERO que, allá donde esté, no le parezca mal a Fernando Fernán-Gómez la apropiación parcial del título de una de sus más reputadas creaciones. Pero es que, un año sí y otro también, el abandono, por estas fechas, de animales en calles, carreteras y descampados es un hecho tan reiterado y constatable que, aún renunciando a ser original, no me parece correcto escurrir el bulto y no aportar un minúsculo grano de arena a la causa ética y jurídica de la protección de unos seres que, según una famosa publicidad, lo que sus dueños hacen, a la inversa, ellos nunca lo harían. Seguro que ya, a tan escasa altura del artículo, algún lector se habrá desenganchado, aduciendo, no sin razón, que bastantes guerras, epidemias y hambrunas padece el insolidario planeta en que vivimos como para, ante los ojos desesperados de niños famélicos y de pateras que son la barca de la muerte, pararse a postular los derechos de la fauna doméstica que, mimos y piruetas al margen, se expresa con ladridos o maullidos.
Aunque, eso sí, no necesita aprender idiomas para entenderse con sus congéneres de otras latitudes que, afortunadamente, no entienden de nacionalismos, aunque exhiban razas diversas, muchas veces creadas o magnificadas por el primate que les da de comer. Ya se ve en el Antiguo Testamento cómo Dios protegió a las especies animales más que del Diluvio -donde sólo dejó la muestra de cada-, de la confusión lingüística de Babel.
Acepto, pues, la prelación, absolutamente jerarquizada, de valor y de valer, entre los seres humanos -aunque la humanidad tiene muchos matices- y las mascotas. Y añado que no hay que ir al Tercer Mundo para expresar solidaridad o piedad, cuando, sin salir de nuestro entorno, se siguen abandonando, o peor, recién nacidos y, sobre todo, ancianos. El mito del abuelo en la gasolinera es, como ahora se dice, un icono; posiblemente una generalización tan gráfica como hiperbólica. Pero hay muchos y muy sofisticados modos de abandono.
Aunque no hay problema, supuestamente menor, que no precise atención; máxime cuando exhibe la catadura moral de quienes lo crean y se lo crean a ayuntamientos y entidades protectoras y de la propia sociedad, tan benévola hasta tiempos muy recientes con estas conductas. No creo que esté probado que aceptar que se arroje al asfalto ardiente de una autovía al perro o gato comprado para Reyes, conduzca, con el tiempo, a tolerar genocidios o barbaries similares. Pero ese tipo de sujetos, incapaces de prever que un animal requiere de constantes atenciones y de previsiones adicionales ante determinados desplazamientos, no infunde respeto alguno. En el más atenuado de los calificativos son gentes irresponsables y poco deseables para la sociedad.
Desde hace muy poco tiempo, concretamente desde la Ley orgánica 15/2003, de 25 de noviembre, por la que se modificó, entre otros, el artículo 631 del Código Penal, se viene castigando como falta -la hermana menor del delito- a «quienes abandonen a un animal doméstico en condiciones en que pueda peligrar su vida o su integridad», previéndose que «serán castigados con la pena de multa de 10 a 30 días». Las entidades tutelares de animales y un buen número de juristas sensibles, vienen resaltando la escasa dureza de tal pena, que puede rondar, a la postre, los 200 euros o menos. Cantidad insignificante si tenemos en cuenta el precio, a veces disparatado, de algunas razas caninas o felinas, con el aditivo, en su caso, del pedigrí individual. Porque, curiosamente, aunque en menor medida, los animales de lujo, comparten la tortura y presumible ejecución bajo unas ruedas, con sus congéneres menos exóticos, nietos de mil cruces urbanos o rurales. Me figuro que, igual que a mí, a muchos les llamará la atención el incremento de abandonos en los últimos años; posiblemente en proporción al número de los que, frívolamente, se compran o regalan. Ya es casi inevitable toparse en julio y agosto, normalmente en los días de 'operaciones salida', con perros desorientados, driblando automóviles en busca de una casa perdida y de un amo esfumado. O gatos que, aún hurgando entre basuras, se ve a la legua que nunca fueron callejeros. Por no hablar de otras especies como pájaros o tortugas que a saber por dónde vuelan o nadan y hasta cuándo.
Recuerdo, de muy joven, la terrible impresión que me produjo ver la 'suelta' de un can en el alto del Puerto de San Isidro y la bajada a tumba abierta del coche de sus crueles liberadores. Por entonces no había móviles con los que avisar a la Guardia Civil, ni previsión alguna en el Código Penal. El pobre animal debió de perecer en la titánica carrera por todo el concejo de Aller. Fue imposible encontrarlo y detenerlo en aquel dramático viaje a ninguna parte. Hoy, confieso que, sintiendo la misma indignación, observo estos episodios como parte del suceder previsible y probable de una determinada época del año.
Por fortuna, aunque relativa, cada vez son más los ayuntamientos españoles que toman conciencia de este problema y ofrecen soluciones preventivas a los dueños inconstantes o desalmados, mediante acogimientos temporales o definitivos y, represivamente, sancionan en sus ordenanzas municipales con mucho más rigor que el Código Penal estas actitudes tan miserables. Y hablando de desalmados: en 1990, el Papa Juan Pablo II sorprendió a media humanidad al proclamar que «los animales poseen un alma y los seres humanos deben amar y sentirse solidarios con nuestros hermanos menores que son fruto de la acción creadora del Espíritu Santo y merecen respeto (...) al encontrarse tan cerca de Dios como lo están los humanos». Y escribo media humanidad porque, para la otra mitad, más o menos, creyentes o no, el tema estaba claro. En primer término para los lingüistas, que nos vienen explicando el nacimiento como adjetivo del término 'animalis', para referirse a lo viviente, a lo animado: a lo que tiene alma. En segundo lugar, para todo el que haya oído o leído, siquiera apresuradamente, el texto de San Mateo sobre la voluntad divina en la caída de cada gorrión. Y, por último, para todos -y somos legión- los que amamos a los animales y sabemos lo que ocultan detrás de su mirada. Expreso con estas líneas mi preocupación por el desamparo de estos seres y mi deseo de que los poderes públicos vayan resarciendo la deuda secular que, por indiferencia, insensibilidad o superchería, tienen contraída con ellos. De esta forma, también, en estas fechas veraniegas, quiero honrar, a falta de pirámides egipcias en las que eternizarme con ella, a la saga gatuna que me ha hecho y me hace más grata la existencia.
Fuente: www.elcomerciodigital.com
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