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23.04.08
RAÚL HERNÁNDEZ
«Estremece comprobar cómo los perros de pelea se atacan con una fiereza sorda. No ladran, no gruñen, jamás aúllan de dolor. Muerden, machacan, destruyen, trituran en silencio, sin permitirse el menor gasto de energía que no vaya dirigido a herir al adversario. A matarlo». El jefe del área de Local del diario La Verdad, Ricardo Fernández, ha sido uno de los pocos periodistas en España que ha conseguido introducirse en una red dedicada a las peleas de perros. Un espectáculo sangriento al extremo. Una demostración límite de agresividad, fiereza y crueldad.
Desde la experiencia de haber contactado hace ocho años con una persona miembro del exclusivo mundo de los combates de perros en España y haber asistido a una de estas peleas su testimonio duro y directo revela la brutalidad de esta actividad ilícita practicada desde hace muchos años en casi todos los países del mundo.
Y en España, Murcia es una de las comunidades que encabeza esta práctica sobre todo por la tradición que siempre ha tenido en la huerta. El cinturón de pedanías que rodea la capital es el escenario de estos combates que se celebran normalmente en naves o parajes alejados y desiertos. Beniaján, Torreagüera, Zeneta, Los Ramos, San José de la Vega son los lugares más frecuentados por los aficionados a esta carnicería. Cartagena es otro de los puntos calientes en la Región. Además, Asturias, Madrid, Cataluña, Andalucía y Cantabria son zonas donde el Seprona ha recibido más denuncias.
Bestia homicida
Aunque la legislación actual pena esta actividad como delito y hay condenas de cárcel, hasta hace poco sólo era considerada una falta. Se castigaba más la apuesta ilegal que el hecho de que dos perros acabaran comiéndose literalmente.
La Sociedad Protectora de Animales de la Región de Murcia ha visto en numerosas ocasiones como aficionados a esta actividad han acudido para llevarse perros utilizados normalmente para el entrenamiento de los canes asesinos. Juan Fernández, presidente de la protectora, asegura que una vez al mes llega alguna persona sospechosa de querer un perro para utilizarlo de sparring. «Yo les tengo el ojo echado. Vienen preguntando por un caniche y acaban pidiéndote un mastín o un perro grande».
Hacer de un perro un autentica bestia homicida conlleva gran dedicación y una equivalente ausencia de escrúpulos. Hay que tener una total ausencia de apego a la vida y una extraña estima por el sufrimiento ajeno. Animal o humano.
Desde atar el hocico del animal a una cuerda y arrastrarlo con un coche varios kilómetros, a echarlo a una piscina y dejarlo nadar hasta la extenuación. Hacer que muerda un neumático colgado de un árbol mientras se le golpea el lomo para que rabie aún más o enganchar al can a alguna droga para después quitársela y que sufra el síndrome de abstinencia hasta volverse loco. Son otras prácticas usadas por los criadores para hacer de ellos autenticas máquinas de matar.
El principal obstáculo para atajar esta práctica radica en el secretismo a la hora de convocar la celebración de un combate en el que hay miles de euros por medio.
Normalmente la fecha de la pelea queda acodada meses antes de su celebración y sólo una persona sabe el lugar donde se va a celebrar para evitar filtraciones. Una vez se cita a los contendientes y a los asistentes en un lugar todos siguen al organizador. Si en el trayecto éste ve algo extraño, se da media vuelta y se aplaza para otro día. Las precauciones son extremas de ahí la dificultad de pillarlos.
En una de las entrevistas que Ricardo Fernández mantuvo con uno de los criadores, éste le contaba una anécdota de sus comienzos sobre las razas de perros y la supremacía del pitbull como la bestia total por su descomunal obstinación genética a acabar con la vida de lo que se le ponga delante.
Había enfrentado a su enorme mastín con mezcla de boxer contra un pitull que no subía más de dos palmos del suelo. Su indignación inicial al ver al dueño del chucho querer pelearlo con su animal se tornó en incredulidad cuando dos minutos después su formidable perro acabó con los huesos, músculos, tendones y nervios desmenuzados por las fauces del pitbull de dos palmos. Ese día aprendió algo que es una máxima en el mundo de la pelea de perros, «los perros muerden con la boca, el pitbull lo hace con los huevos».
Fuente: www.laverdad.es
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