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18.06.08
LUIS TAVAREZ
Los humanos somos difíciles de leer, a pesar de la antropología, la sicología, las ciencias naturales, las religiones y las ciencias ocultas. Nos consideramos en el tope de la variedad zoológica y toda vida por debajo es un recurso, una amenaza, una preservación o un entretenimiento. Ante todo lo demás nos comportamos como dioses. Parece que tenemos, en nuestro mapa genético, un poco de todas las demás especies y lo proyectamos en el comportamiento que se genera por el diario vivir en sociedad.
La relación de nuestra especie con los perros es un gran espectáculo para la curiosidad. Revela una parcela grotesca de nuestra insensibilidad. Pero debo reconocer que esta opinión no debe ser compartida por muchos. En Estados Unidos existen 34 millones de perros que viven como mascota de alguien y para todos los amantes de los perros esto supone una protección absoluta. Sin enbargo, todo este universo está ligado a una industria en la que el descendiente del lobo blanco tiene que estar sujeto a la decisión del hombre para comer, ejercitarse, salir, prestar atención o cualquier actividad que quiera realizar. En muchos casos estos animales suelen estar amarrados. Los perros domésticos son separados de su especie y es muy común la castración y la esterilización.
Existen unas 400 razas de perros, pero en la industria de las mascotas el hombre está jugando a ser Dios, ya que las alteran genéticamente. La relación del hombre con los perros viene desde el hombre de las cavernas. Ellos competían por la comida. Los perros vivían cerca de los humanos para recoger los huesos que éstos dejaban. Los hombres los mataban y criaban los cachorros en un entorno doméstico, regidos por sus reglas, por supuesto. Históricamente este ser ha sido usado como recurso productivo, así como el caballo, las vacas y un gran número de animales que ayudan al hombre a producir alimentos y otros bienes. Los perros fueron entrenados como pastores, para arrastrar trineos, localizar personas perdidas y en algunas culturas como alimento. Pero también como entretenimiento. La televisión hizo personajes que fueron estrellas del espectáculo. Rin Tin Tin era un perro que ayudaba a los soldados norteamericanos en la época del Viejo Oeste. Era un especialista en la guerra contra los nativos americanos en la etapa de la expansión hacia el Oeste. Lassie era una perra que vivía con una familia común y corriente pero resolvía todos los conflictos originados por la maldad humana. También se crearon deportes con estos animalitos. Son famosas y millonarias las carreras de galgos.
En la relación del hombre con los animales en general se da un doble estándar: hay una corriente que se dedica a buscar un trato digno y otra, que es predominante, que sólo les ve como un recurso más para aumentar los ingresos.
En las grandes ciudades del mundo occidental, como Nueva York, muchas personas tienen perro. Muestran una gran pasión por ellos. Les acomodan sus vidas de acuerdo a sus condiciones socioeconómicas. El perro que un individuo posea refleja además su condición social. Hay perros que son extremadamente caros y que requieren un cuidado exageradamente caro. Este cuidado incluye cuidado médico, recortes, comidas muy específicas y en muchos casos hoteles y compañía cuando el dueño sale de viaje. En Nueva York hay una comunidad de jóvenes que tienen perros agresivos y se sabe que existen escenarios para pelearlos por apuestas. Los perros que no tienen la suerte de tener un dueño son llevados a las perreras y si no son rescatados por alguna persona, son sacrificados, les aplican la cámara de gas. Igual sucede con los gatos. La pasión por los perros describe una parte del humano que quizás está un poco oculta, tal vez soledad o frustración en la relación con el prójimo. El perro es bien tratado pero es un ser que tiene que vivir bajo los caprichos de su dueño. Sin embargo, parece que el humano que se dedica por entero al cuidado de su mascota también se convierte en su esclavo. Cuando lo saca a pasear para que haga sus necesidades tiene que recoger sus excrementos, según las leyes de muchas ciudades norteamericanas. En Nueva York esta ley no se sigue al pie de la letra y las aceras se mantienen llenas de excremento, lo que irrita sobremanera a los que la pisan, especialmente si no son amantes de los perros. Figúrese este aspecto nuestro y calcule cuán difícil es la lectura de nuestro perfil zoológico y cuán arrogante es nuestra especie frente al resto de los seres vivos.
Escritor dominicano.
Fuente: www.elnuevoherald.com
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