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19 Junio 2007
Más de una vez supe de esas historias de canes fieles y seguidores de
sus amos: El del perro fiel que espera a su amo en el paradero de
autobús a que llegue, o de ese otro que acompaña a su amo frente a la
lápida a la espera de algún milagro.
Escrito por Maithe Ortiz
Más de una vez leí o supe de esas historias de canes fieles y
seguidores de sus amos a toda prueba: El del perro fiel que espera a su
amo, todos los días frente al paradero de autobús a que retorne de ese
viaje sin regreso de la guerra, ese otro que acompaña a su amo frente a
la lápida a la espera de algún milagro.
En Tokio,
en la estación de trenes del barrio de Shibuya, existe desde 1935 la
estatua de un perro que sirve de referencia tanto para los turistas
como para los indígenas de la zona.
Se trata de la estatua de Hachiko,
un perro que estaba acostumbrado a esperar a su dueño en la estación
siempre a la misma hora, lamentablemente, su amo sin aviso, sufrió un
ataque cardíaco y falleció.
La historia cuenta que después de morir su dueño, el animalito siguió esperándolo en el mismo sitio a la misma hora durante 7 años,
entonces la prensa se hizo eco de ello y le construyeron la estatua.
Casi un año más tarde, el 7 de marzo de 1935 Hachiko falleció al pie de
su propia estatua debido a su edad, pero eso no impidió que su historia
se hiciera famosa por todo Japón.
La lealtad demostrada por Hachiko tuvo un extraordinario efecto entre los japoneses pobladores de Shibuya. Él
se transformó en un héroe, la figura más amada del área. Los viajantes
que se ausentaban por un largo período siempre preguntaban por él a su
regreso.
Esa lealtad a toda prueba de estos hermanos menores que nos deja
sin palabras y nos emociona hasta las lágrimas cuando nos damos cuenta
que es superior a muchos sentimientos de amistad entre humanos.
Historia como ésta hay miles, sin embargo, no es necesario ir tan lejos para conocer una de ellas.
Todos los días como a eso de las siete y media de la mañana, con un
frío intenso, me percaté de un señor que barría la calle Millán, pero
eso no era lo peculiar de esta historia, cada vez que él avanzaba un
tramo en su labor, un perro lo seguía hasta encontrarse cercano a él,
en ningún momento permaneció lejano a su amo, aunque de caminar lento,
debido a su vejez y a un tumor que tenía.
Me llamó mucho la atención y me acerqué a consultarle al dueño,
sobre su perro y me contó que tenía sus buenos años, yo creo que más de
14 y lo acompañaba desde su casa, todos los días sin excepción, con calor o frío permanecía cerca de su amo acompañándolo en su diario vivir.
Es increíble, yo pensaba en mi afán de mantenerme en cama, aunque
fuese por unos minutitos más, calientita y no me imagino, levantándome
todos los días sólo para ser de compañía de alguien, por el sólo gusto
de mirarlo y sentir su cercanía, aunque estos esfuerzos y otros más
grandes suelen hacerse por los hijos o por grandes amigos. Esto, se
contrapone al pensamiento de algunos que aseguran que los canes no
tienen sentimientos que actúan por instinto y yo podría asegurar que
los míos me extrañan y se alegran cuando regreso.
Hace dos días, salí para saludar a mis dos nuevos amigos
rancagüinos iba dispuesta a hacerle su cariño matutino y preguntarle a
su dueño cómo se encontraba y me encontré con la triste noticia y el
triste semblante de mi amigo; se habían llevado a su can. La protectora
de animales, seguramente, consideró que era demasiado viejo pensaron
que ya era suficiente el trabajo ad-honoris, que ya era hora de
descansar. Mi amigo no tiene buen semblante, espero se acerque la
protectora de los hombres para darle un consuelo. Se fue su más grande
amigo, ese que lo acompañaba sin condiciones y por el sólo gusto de
sentir su compañía.
Foto: Flickr / Hachiko
Fuente: www.elrancahuaso.cl
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