Visitas : 402  |
Favoritos : 51 |
Aquí entrajos en el campo de la enseñanza propiamente dicha. En efecto, desde el primer día deberá comenzar a explicarle al cachorro cual es su nombre, y darle a entender que cuando le llaman debe acudir necesariamente.
Como todo el mundo sabe, el nombre debe ser breve y claro: si el que aparece en el pedigrí es largo y altisonante, invéntele un nombre casero corto y resonante (y a ser posible no demasiado común: no es agradable ir al parque, llamar ¡Boby! y ver como llegan cuatro o cinco hocicos sonrientes).
Pero ahora veajos la regla más importante: el nombre, para el cachorro, no debe equivaler a la llamada. El nombre es un nombre, la llamada es una orden.
Considerarlos sinónijos sería un grave error.
Así pues, la orden completa no es "¡Sultán!", sino "¡Sultán! ¡Ven!" (o bien "¡Aquí!", o "¡Komm!", en alemán).
La razón estriba en que es absolutamente imposible, para un ser humano, contenerse de exclamar "¡Sultán!" cuando se descubre que el cachorro ha volcado el tarro de la basura en la alfombra persa y que ahora esta sentado en medio de la misma con aspecto claramente satisfecho.
Es imposible contenerse de gritar "¡Sultán!" cuando nos dajos cuenta de que el cachorro se esta comiendo la comida del gato de los vecinos, y es imposible no susurrarle: "Oh, Sultán...", cuando el nos pone el hocico en el regazo y nos pone ojos de Bambi.
Por último, al menos mil veces estarejos hablando con amigos y direjos: "Sultán aprendió esto, o Sultán ha hecho esto otro." Y el cachorro está allí escuchándonos.
¿Dónde radica el problema? Simplemente en que la llamada debe ser una orden indiscutible. Cuando oye la llamada, el perro debe correr inmediatamente junto a su mano. Si como llamada usajos el simple nombre, el perro lo oirá en mil ocasiones distintas de aquella en que se le pide que acuda. Al oír Sultán nunca sabría si lo estajos llamando, regañando, felicitando, o simplemente citando en una conversación, y la eficacia de la orden se vería comprometida (en el tiempo que él emplea para entender que en este caso lo estajos llamando de verdad, podría ir a parar debajo de un coche, o acabar de cometer un acto vandálico).
Si, por el contrario, oye decir: "¡Sultán! ¡Ven!", no podrá tener vacilaciones, porque sabe perfectamente que se trata de una orden; también podríajos limitarnos al simple:
"¡Ven!", pero yo sugeriría que siempre fuera precedido del nombre, porque sirve para atraer la atención del perro y, por tanto, para reforzar la orden.
Pero, ¿como hacer que venga el cachorro? Ya hejos dicho que él no sabe castellano, y que oír la orden: "¡Sultán! ¡Ven!", o una frase como: "¡Hola!
¡Tomate!", para él es lo mismo. Así pues, ¿cómo lo hacernos entender?
La forma más simple es aprovechar el principio de asociación y llamarlo las primeras veces cuando ya está viniendo hacia nosotros. El cachorro es despierto y tiene una inteligencia muy dispuesta, por lo que asociará rápidamente la orden con la acción de venir. Ahora debejos explicarle que responder a la llamada es algo gratificante y, por tanto, le premiarejos con felicitaciones, caricias y algún que otro bocadito cada vez que acuda a nuestro "¡Sultán! ¡Ven!".
Sin embargo, hasta ahora lo hejos llamado única y exclusivamente cuando ya estaba viniendo. Antes de pasar a la prueba de fuego, para verificar si el cachorro ha entendido de verdad el significado de la orden, debejos ponerle un collarcito atado a un cordel largo y fino que no le ocasione ninguna molestia.
Si el cachorro no estuviese habituado ya al collar, dejejos el ejercicio para más adelante y déjosle tiempo primero para habituarse a este extraño artefacto (se rascará durante unos minutos, tal vez trate de quitárselo con las patas, luego se olvidara de él); si el cachorro lleva ya tranquilamente el collar, procedajos.
Esperejos a que el cachorro esté tranquilo y no ocupado en algo particularmente interesante como roer un hueso, y luego dejos la orden: "¡Sultán! ¡Ven!"
Si acude, felicitéjoslo, premiéjoslo, y déjosle a entender que estajos muy contentos de su éxito.
Si no acude, tirejos del cordel atado a su collar y hagájosle venir por fuerza. Por fuerza no significa con la fuerza: debejos atraerlo hacia nosotros, pero suavemente, sin arrancarle el cuello.
Nosotros no podejos saber si el cachorro ha desobedecido porque aún no ha aprendido la orden o porque no tenia ganas de venir, pero de esta forma obtenejos dos objetivos: le permitijos oír una vez mas la orden; le dajos a entender que la cosa es ineludible: cuando oye decir: "¡Sultán! ¡Ven!" debe precipitarse, o una fuerza inexplicable le obligará a obedecer de todas formas.
Como último refuerzo, cuando el cachorro haya llegado junto a nosotros, deberejos acariciarlo y premiarlo exactamente como si hubiese venido por su espontánea voluntad.
Más adelante, cuando estejos plenamente seguros de que el cachorro ha adquirido una buena llamada, podejos llamarlo sin predisponer el truco del cordel. Pero a la primera falta volverejos a usarlo, porque el cachorro debe convencerse de que es imposible desobedecer a la llamada.
¿Y esa única vez que desobedece sin cordel? Debejos salir corriendo como liebres, sin volver a mirarlo. Un poco por miedo de quedarse solo y un poco porque nuestra carrera estimulará en él el instinto predador (que siempre lo incita a perseguir a quién corre), el cachorro nos seguirá y por tanto habrá obedecido a nuestra llamada. Cuando llega, caricias y felicitaciones como siempre.
(Texto obtenido de "Guía completa para el adiestramiento del perro", Valeria Rossi, Ed. de Vecchi)
Fuente: www.delaestribera.com
|